lunes, 27 de marzo de 2017

Las zanahorias son de color naranja gracias al patriotismo de Holanda

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El color naranja de las zanahorias viene de Holanda
as zanahorias están rodeadas de historias interesantes. Por ejemplo, el que ponía la voz de Bugs Bunny odiaba las zanahorias, pero la única forma de conseguir el efecto de sonido correcto cuando el personaje le hincaba el diente a una, era morderla. Luego, claro, el actor escupía la zanahoria con una mueca de asco.

También se cree que las zanahorias son afrodisíacas o sirven para mejorar la vista.

Pero quizá la idea más chocante acerca de las zanahorias es que su característico color naranja fue adoptado hace relativamente poco.

La prueba más antigua que se conoce del uso de zanahorias por parte de humanos, en Afganistán, data del año 3.000 a. C. Aquellas zanahorias eran de color púrpura por fuera y amarillas por dentro.

Más tarde, cuando los comerciantes árabes extendieron la semilla de zanahoria por Asia, África y Arabia, surgieron variedades con diferentes tonos de púrpura, blanco, amarillo, verdes e incluso negro. ¿Os imagináis comiendo una zanahoria negra?

La primera zanahoria naranja vino mucho más tarde. Se cultivó en la Holanda del siglo XVI, y fue el resultado de un cruce deliberado para que coincidiese el color del vegetal con el de la casa real holandesa de Orange.

Así que hoy Bugs Bunny come zanahorias naranjas debido al patriotismo exacerbado de Holanda.

En el siglo XVI, los holandeses eran los principales productores europeos de zanahorias, y todas las variedades modernas descienden de sus cuatro tipos de color naranja: la Early Half Long, la Late Half Long, la Scarlet y la Long Orange.

Actualmente se ha puesto de moda volver a cultivar zanahorias de colores. Ya hay tiendas con zanahorias blancas, amarillas, roja oscura y púrpura, para hacer las ensaladas más divertidas. Aunque para añadir diversión, nada como el invento de los islandeses: en 1997 desarrollaron una zanahoria con sabor a chocolate dentro del programa Wacky Veg (Verduras chifladas), dirigido a la población infantil.

Lamentablemente se retiró a los 8 meses de su presentación. Mi gozo en un pozo.

Por cierto, lo de que las zanahorias nos ayudan a mejorar nuestra visión en la oscuridad es un mito. La carencia de vitamina A puede provocar ceguera nocturna, pero la zanahoria tampoco es que tenga mucha vitamina A: antes habría que consumir albaricoques, arándanos, espinacas y otras verduras de hoja verde oscuro.

Pero por mucho que comáis de todo esto, no acabaréis teniendo una visión nocturna de gato; si acaso, después de mucha zanahoria, conseguiréis que vuestra piel luzca naranja (por ello se recomienda para mejorar el bronceado).

El mito proviene de un secreto militar. Durante la Segunda Guerra Mundial, el capitán John Cunningham dirigía su escuadrón 604 por la noche y empleaban recién desarrollado sistema de radar por aire. Como el dispositivo era top secret, el Gobierno británico difundió el rumor de que Cunningham era capaz de ver en la oscuridad y acabó ganándose el apodo de “Ojos de gato Cunningham”.

Los alemanes probablemente no se tragaran el bulo, pero sin duda ha contribuido para que toda una generación de niños ingleses comiesen la única hortaliza disponible durante la guerra.

Y es que ya lo decía en cuentista Anton Chejov: “me preguntan qué es la vida. Es como si me preguntaran qué es una zanahoria. Una zanahoria es una zanahoria, y no sabemos nada más.”

Pues eso.

Fuente:  Xataka Ciencia

domingo, 26 de marzo de 2017

Los macabros entretenimientos dominicales en la Europa del siglo XIX

Un ejemplo de la crueldad humana
Ya hable en su día de zoos humanos, algo que también hubo en Madrid, pero no fue la única “diversión” de la época en la Europa de antaño.

Otra vez domingo. Comidas con la familia, paseos matutinos, quejas por lo cerca que vuelve a estar el lunes… ¿Qué hacemos?¿Vemos una peli?¿O salimos a tomar un café?

Seguramente este sea el típico domingo que muchos de nosotros practicamos semana tras semana en España actualmente. Sin embargo, a lo largo de las épocas y los diferentes lugares, estas costumbres han ido variando. En Madrid, por ejemplo, algo muy recurrente es salir a dar un paseo por el famoso Parque del Retiro. Recorrer los alrededores del Palacio de Cristal, la estatua del Ángel Caído o el estanque con la estatua de Alfonso XII es algo con lo que podemos disfrutar ahora y a finales del siglo XIX, cuando el parque acogió también un zoo humano.

Los carteles que lo anunciaban y el espectáculo en sí nos dejarían perplejos a día de hoy, pero en su momento fueron el gran reclamo turístico de la ciudad. Indígenas filipinos, negritos, tagalos, moros de Joló, carolinos… eran muchas las “especies” que el alemán Carl Hagenbeck movía por toda Europa para exponerlas como auténticas bestias dentro de jaulas y a la vista de todo el que quisiera disfrutar con el espectáculo. Se dice que en Madrid pudieron visitar el Palacio Real y conocer a la reina regente María Cristina de Habsburgo (madre de Alfonso XIII).

Si nos vamos a París, además de poder disfrutar también de los ya citados zoos humanos, pasear por los infinitos bulevares, disfrutar de las óperas y tomar café en las tertulias parisinas, un entretenimiento muy extendido entre la burguesía parisina era la visita a la morgue.

Los encargados del depósito acostumbraban a exponer los cuerpos en público para proceder a su reconocimiento, algo que dado el alto número de personas que se acercaban era prácticamente seguro que sucedería. Sin embargo, la gente no se agolpaba alrededor de las cristaleras para hacer un bien común, sino que era más bien el morbo lo que hacía conseguir aquellas multitudes frente a los cuerpos desnudos o mutilados de los cadáveres.

Y en Londres también tenían tu propio espectáculo… Antiguamente, la locura se identificaba con males sobrenaturales, propios de posesiones demoníacas o como castigos divinos por los pecados cometidos. Posteriormente se comenzó a identificar como la pérdida de la razón cuyo único remedio era el confinamiento y los salvajes experimentos, más propios de la tortura, a los que los enfermos eran sometidos. En el siglo XIV, lo que había sido un convento de la Orden de la Estrella de Belén en Londres se convirtió en el Bethlem Royal Hospital, también llamado Bedlam, y fue el primero en acoger pacientes con enfermedades mentales. Lamentablemente el hospital no se hizo famoso por ser pionero en tratar enfermedades mentales sino por el brutal maltrato dispensado a los pacientes (los considerados violentos o peligrosos eran atados y encadenados). De hecho, el término Bedlam ha quedado como sinónimo de caos, confusión, alboroto…

Y para rematar la faena, durante el siglo XVIII y parte del XIX Bedlam se convirtió en una atracción turística. Por el módico precio de un penique –el primer martes de cada mes era gratis– se podía contemplar el espectáculo que brindaban los pobres dementes. Además, si el espectáculo de aquel día no había cumplido con las expectativas se podían llevar palos para azuzar a los dementes y elevar el nivel del show. Algunos también les daban alcohol para ver cómo actuaban borrachos. En 1814 se registraron más de 96.000 visitas, el mayor espectáculo de Londres.

Fue el XIX un siglo de grandes y favorables cambios, aunque en aquella época que comenzaba a estar tan avanzada, aún perduraban en nuestro interior costumbres dignas de nuestros instintos más primigenios e incluso deshumanizados.

Texto de Javier Sanz y colaboración de Marta Rodríguez Cuervo de Martonimos
Fuente: Historias de la Historia

sábado, 25 de marzo de 2017

El Home Grandizo

Home Grandizo, va acompañado de un oso
La mitología ha dado numerosos gigantes y Aragón entre otros cuenta con el “Home Grandizo”

No es fácil encontrar información sobre este gigante que en el Valle de Onsella se describe así como un ser gigante, pastor, que se hace acompañar por un oso de la zona, portando siempre un hacha de piedra y velando desde hace miles de años por la virginidad de las jóvenes.

He encontrado un texto que cuenta la leyenda de forma muy abreviada:

Cuentan por ahí, de la existencia
De un gigante legendario
L´Home Grandizo, un hombre
Que cuando aparecía, de verdad causaba
Una desagradable impresión
Vaya si era de temerse, con decirles
Que siempre andaba con osos y entre ellos
La pasaba de maravilla, y según se supo
Su misión era proteger la virginidad
De cualquier doncella que existiera.
Como pasó con una que se citó,
Con un joven en Bal d´Onsella
El joven llegó y estuvo esperando
La muchacha se dilató y en tanto
Apareció un gigante que dijo
Lo tenía qué matar… afirmando
Era un dios y además,  abuelo de la chica
A quien pensaba conquistar.
Excuso decir, el chamaco salió despavorido
Cuando se volvieron a ver,
Fue cuando ella explicó, que quien entrevistó
Había sido  l´Home Grandizo,
Que baja al pueblo cada año a ver la pasión
Después huye a las montañas furibundo
Afirmando estaban matando a sus dioses
Por eso pone tan furibundo, pero nada qué temer
No volvería, sino hasta el siguiente año.
He tenido que recurrir a un texto de Ramón J. Sender para contar la leyenda un poco más elaborada sacado de “Solanar y lucernario aragonés”.
Junto al ibón d'abaixo
n'a Val d'Onsera
a moceta ha perdido
o que teneba.
Era mentira. La gente hablaba y cantaba, pero a la moceta no le había pasado nada, por entonces. Prisa que tenían algunos bucardizos viéndola tierna y en capullo.

A un amigo mío le dijo días antes que fuera a la estación de Villanúa y que en la parte de atrás encontraría un caballo -es decir, una yegua- atado a una reja. Mi amigo debía montarla y ella lo llevaría a un "mas" viejo de la Val de Onsera, donde "a moceta" lo esperaría. Los dos pensaban en la canción.

El viaje de mi amigo no fue cómodo, porque la yegua era un poco guita y caprichosa y antes de llevarlo a la Val de Onsera fue a visitar a todos sus amigos equinos que estaban en cobertizos abiertos al exterior en otros "mases". Allí se cambiaban resoplidos y relinchos y seguían después la yegua y el jinete su camino, es decir, la senda fuera de camino que la yegua elegía. En definitiva, el animal parecía estar en el secreto.

Poco antes de la noche se detuvo junto a una casa en medio de un llano verde. Mi amigo llamó sin apearse, pero la moceta no apareció. Nadie acudió a abrir. No se oía sino el viento, que remegía contra el picaporte una puerta mal cerrada.

Así y todo, pensando que aquél debía ser el lugar, mi amigo bajó. Era entonces aquel chico un joven de menos de veinte años y en todas las cosas buscaba el lado aventurero, es decir, la aventura propicia, claro. Nunca pensaba que pudiera haber algún peligro.

Entró en la casa, que estaba deshabitada, con telarañas en los rincones, y se sentó en un banco. Anochecía y con dificultad encontró un candil y lo encendió. Poco después llamaron a la puerta, fue a abrir y en lugar de la moceta apareció un hombre alto y viejo, desgalichado, con algunos pelos lacios que se le juntaban con las barbas cubriéndole parte de la cara.

Había algo vegetal y caduco en aquel anciano. Vegetal, caduco y amenazador.

-¿Quién es usted? -preguntó mi amigo, extrañado.
-Yo soy yo -respondió el viejo con una voz que se podría llamar mineral-, y tú has venido aquí a esperar a la moceta.
-¿La conoce?
-¿No la tengo de conocer? Es nieta mía.
-¿Quién es usted? ¿Un pastor?
-No. Yo soy un dios.
-Mentira -dijo mi amigo, asustado.
-Soy un dios antiguo.
El miedo le hizo a mi amigo ponerse un poco provocador:
-Lo de antiguo lo creo, pero, ¿y qué?
-Mi mujer era Hebe, bisabuela de la moceta.
-Más que bisabuela, sería.
-Eso, sí. Antes del cataclismo era ya viejo este dios de la Val d'Onsera y de toda la redolada desde la Canal de Berdún hasta la Lobera d'Onsella. Por entonces hablábamos de otra manera, aunque la Luna era ya la Luna, lo mismo que ahora.
-Usted es un pastor -repitió mi amigo.
-Dios y pastor y bien cabal era desde antes del cataclismo. Ahora soy solamente dios.
El "cataclismo" quiere decir en los idiomas viejos de la humanidad el "diluvio" o la "inundación". Añadió el viejo que tenía trece mil años mal contados. Mi amigo dijo: "Bueno, también yo soy un dios y tengo más de trece mil años. Al menos es lo que sueño cada noche desde que nací y si no lo soñara no podría vivir enteras del todo las veinticuatro horas del día siguiente."

Entonces vio mi amigo que el viejo llevaba colgado de la cintura un palo de roble rematado en una zoqueta de pedreña atada con cordeles de cáñamo. Y le oyó decir tranquilamente: "Vengo a matarte".

Mi amigo miró alrededor buscando algo con que defenderse. El viejo avanzaba sobre él, con su tosca hacha en la mano, y decía:

"Tengo que matarte antes de que llegue la moceta". Como no encontraba a mano nada que le permitiera defenderse, mi amigo fue sobre él, le dio una patada en el estómago, del que se desprendió una nubecilla de polvo, y salió de la casa. Era ya noche cerrada, y, atada a un barrote, la yegua piafaba, nerviosa.

Se disimuló mi amigo en las sombras y el viejo, que debía ser medio ciego, lo buscaba en vano con el palo y la zoqueta en el aire. Sin querer le pegó a la yegua, que dio un respingo y tiró una coz. En las sombras, le decía mi amigo al viejo, por decir, pero convencido de veras: "Yo soy también un dios, aunque no lo parezca".

El viejo rugía como los goznes oxidados de una puerta:

-Te mataré antes de que llegue la moceta. Y veremos entonces lo que es cada cual.
Golpeaba a ciegas contra los árboles, contra la yegua otra vez, contra un pesebre que había en el cobertizo, y lo hacía mecánicamente y sin odio, como una costumbre boba. Peligrosamente boba.

Poco antes del amanecer se le oyó gritar y el eco resonó por las vaguadas. Luego, la voz, que no tenía nada de divina, se fundió con el mugido de un oso en el que parecía cabalgar el viejo y se fueron alejando. El mugido y la voz se oían entonces en la dirección de una cortadura que se abría sobre una barranquera seca. Allí se perdieron.

Comenzaba a rayar el alba cuando la moceta llegó. Mi amigo es ahora viejo y no recuerda ya su nombre, pero sonaba parecido a Hebe. Tal vez era Nieves, porque hay una Virgen de las Nieves en alguna parte.

Le contó mi amigo lo que le había pasado y ella le dijo que aquél era un "home muy grandizo" que "baixaba en ta Lobera d'Onsello" todos los años para Semana Santa, veía los ritos de la pasión y muerte de Jesús y se volvía, indignado, a la tierra alta, dando gañidos como "as rabosas" y diciendo que después del cataclismo los hombres se habían vuelto locos y mataban en la cruz a otros dioses buenos, sabios, jóvenes e inocentes. A él no lo mataría nadie, porque se adelantaba con su hacha de piedra. Eso decía bramando como un vendaval.

Pero, según mi amigo, aquel amanecer cayó el oso al fondo de la barranquera. Fueron la moceta y él a asomarse y vieron abajo el animal, muy grande, muerto, y algunos buitres y cuervos que habían acudido y volaban por encima en anchos círculos. El viejo dios no aparecía. Se había ido a alguna parte con las sombras últimas. Oyeron detrás resoplar a la yegua y Hebe (no recuerda mi amigo su nombre exacto) dijo:

-¿Quién le ha desatado el ramal? ¿Cómo ha venido aquí ella sola siendo tan guita? Ahora tenemos que seguirla. No tenemos más remedio que seguirla o el "home grandizo" volverá a la noche.
La seguimos y ella nos llevó al "ibón d'abaixo" en la Val d'Onsera, tal como decía la canción. Porque junto a los ibones hay también, a veces, diosas en forma de yeguas.

Los graznidos de los cuervos se oían lejos, al fondo del torrente, y mi amigo miraba receloso alrededor, pensando en el viejo dios que velaba desde hacía trece mil años por la virginidad de aquellas mocetas de Lobera d'Onsello que solían subir a veces a los ibones de agua de nieves por cuyo fondo pasan las nubes. Creía mi amigo oír zumbar el hacha de pedreña cerca de su cabeza, pero sabía que el viejo no le haría daño. La vida es la vida y los viejos cumplen el antiguo ritual, pero saben igual que uno que la vida es la vida.

Y allí, junto al ibón, sucedió lo que la canción decía. Porque hay lugares extraños en el mundo donde la gente hace la historia en versos cantados antes de que las cosas pasen. Y otras veces, después. Al llegar a ciertas alturas el tiempo no cuenta, mayormente.

La yegua resoplaba tan fuerte que hacía rizarse el agua en la superficie del ibón y por lo alto pasaban, una vez más, las ocas migratorias formadas en punta de flecha y dando su graznido a coro, que resonaba también en las vertientes. Venían de muy lejos, de la Polonia o de la Finlandia.

Fuentes: Sos del Rey Católico
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