martes, 6 de diciembre de 2016

El conjuratorio

Fachada principal y conjuratorio
Situado sobre la puerta de entrada, en la fachada principal, bajo la espadaña y enmarcado por el arco del pórtico de la Iglesia, hay un balcón al que se accede desde el “Coro”. Este balcón es el llamado Conjuratorio.

Desde aquí, en otros tiempos, el sacerdote lanzaba conjuros contra las plagas y tormentas o realizaba distintos rituales propiciatorios como la bendición de los campos.

Esta antigua práctica, ya en desuso, trataba de alejar el mal que podían engendrar los elementos atmosféricos sobre la feligresía, indefensa entonces ante la fuerza de los fenómenos atmosféricos como el rayo, el viento, la tormenta, el frío o la nieve.

Por extensión, el mal podía venir también en forma de inundaciones o riadas que anegaban los campos, o también de enfermedades, como la peste, que diezmaba la población. Pero también podía llegar en forma de sequía y entonces, aparte de las rogativas habituales que se celebraban en la Iglesia, también se conjuraban los elementos atmosféricos para la protección de las cosechas. Éstas eran el único medio de subsistencia para la población en otros tiempos.

Por ello, desde la Edad Media, toda Iglesia que se preciara de cierta relevancia disponía de Conjuratorio, y su uso era a discreción del párroco de turno.

Hoy en día, los conjuratorios están completamente en desuso, y más aún, ni tan siquiera figura ya esta palabra en el Diccionario de la Real Academia.

El conjuratorio de la Iglesia de Villalaco sirve ya solo para refugio y vivienda de palomas y lechuzas, y depósito de elementos de la iglesia en desuso, como el tenebrario y el facistol del coro, elementos litúrgicos que al estar a la intemperie, se han perdido completamente.

Puede que alguien recuerde todavía la oración popular conocida como “Tentenublo” (Detente, nublado):

“Tentenublo, tente en ti, no te caigas sobre mí; guarda el pan, guarda el vino, guarda los campos, que están floridos”.

Esta oración, asociada a los rituales del conjuratorio, junto con el toque especifico de campana para ahuyentar las tormentas, protegían a la población del mal que sobre ellos se cernía y atemorizaba. Este mal viajaba por el aire.

Ver a continuación un enlace para  escuchar el tentenublo


Fuente: Villalaco.net

lunes, 5 de diciembre de 2016

Las milagrosas “arenas brujas” para la limpieza domestica

Acequia de regadio
Uno de los trabajos más duros que realizaban los huertanos en Murcia, era la monda.

La operación era sencilla pero costosa: limpiar una vez al año las acequias de la huerta y, como ya contamos en su día, aquellas labores revestían una responsabilidad muy grande.

Pues bien, durante todo el año, en el fondo de las acequias se depositaba el limo más fino. Estas tierras se sacaban con cuidado ya que eran muy codiciadas. Eran las conocidas “arenas brujas” que contenían los mejores sedimentos para el cultivo y que en Murcia dieron nombre al pueblo de Llano de Brujas.

Pero estas arenas menudas, también se comercializaban para la limpieza del menaje de cocina, grifos y demás utensilios metálicos del hogar. Mezcladas con limón se vendían por las calles de ciudades y pueblos, y según cuentan sus resultados eran muy satisfactorios.

En el barrio de San Nicolás de Murcia, cerca de su iglesia, se encuentra el callejón Brujera. Por el nombre que lleva, es posible que esta callejuela se encontrara antaño algún comercio que vendiera estas milagrosas “arenas brujas”.


Fuente: Descubriendo Murcia

domingo, 4 de diciembre de 2016

El pago de la patente

Este solía ser el lugar donde terminaban los agarrados
La patente, el canon, botejón, etc, es una costumbre, ya en desuso,  de muchos pueblos de La Mancha y de Castilla, por la que si algún forastero salía o pretendía a una moza del pueblo este tenía que pagar una comida, convite, ágape, llamémosle como queramos, a los mozos del pueblo de la pretendida muchacha. En algunos lugares bastaba con que la visitara más de tres veces para que los mozos ejercieran dicho derecho, que si bien no era ley escrita, era ley.

Normalmente el novio pagaba sin rechistar el "botejón" o "patente" porque no le interesaba entrar en la nueva familia con fama de "agarrado" o "tacaño". Y tampoco le interesaba enfrentarse con los mozos del pueblo de la novia por tan poca cosa, ya que esta costumbre tenía como finalidad el celebrar la despedida de la cuadrilla de los mozos de una compañera, como la celebraban normalmente cuando los dos contrayentes eran naturales del pueblo. Además eludir el pago de este “impuesto” podía acabar con los huesos del pretendiente en el pilón del pueblo o en el rio.

La cantidad o la calidad de este convite variaba en función de dos variables: una, la capacidad económica del novio y la segunda según la valoración que los mozos "aborígenes" hacían de la novia, usualmente alta porque "normalmente" el forastero siempre se “llevaba a la mejor moza del pueblo”.

Lo que nunca faltaba en esta invitación era el vino, ya fuera solo medido en  cántaros, en zurra, sangría, cuervas, o en cualquiera de las denominaciones que sus combinados tienen a lo largo de la geografía castellana. A la bebida se añadían magdalenas, bizcochos, carne asada o frita, etc., todo ello según la valoración a la que hacía referencia anteriormente.

Este pago, no estaba exento de trifulcas, porque ¿Qué grupo de mozos tenía derecho a la invitación? Y es que en cada pueblo había distintas cuadrillas de mozos, y las riñas ente ellos sobre cuál de ellas tenía derecho a dicha patente eran comunes, alguna incluso acabó en navajazos.

El segundo problema que ocurría era si el forastero se negaba a pagar esta tasa, era en ese momento cuando entraban en liza las “tropas de élite” de los mozos locales, eran los conocidos como “piloneros”. Su tarea consistía, dependiendo del lugar, en tirar al novio al pilón de la plaza o al río, lo cual, según la época del año podía llegar a ser un tanto desagradable. Los piloneros según la coplilla eran:

“…los mas burros del pueblo
de entre los mozos solteros…”

Y los requisitos para ser pilonero se resumen en:

“A todos los mozos del pueblo
que quieran ser piloneros
han de cumplir primero:
Uno: haber nacido en el pueblo
Dos: ser mozo soltero
Tres: poder beberse un barreño
Cuatro: calidad de burro probada
por haber comido alfalfa.
Y cinco: que completa las otras
haber salido en la coplas.”

Fuentes: Revista de folklore 415 de la fundación Joaquín Díaz
                Mis Viajes por la Historia