jueves, 17 de agosto de 2017

El mito de la obesidad en la ópera


Luciano Pavarotti
Si pensamos en ópera una de las primeras imágenes, si no la primera, que nos vendrá a la cabeza será la de cantantes entrados en carnes. Es más, la mayoría de nosotros tenemos grabada la idea y, seguramente estemos convencidos de ello, de que para ser un buen lírico hay que estar gordo y que cuantos más kilos tiene el intérprete, mejor canta. Podríamos poner, incluso, clarísimos ejemplos como Luciano Pavarotti o Montserrat Caballé.

Pero la verdadera realidad es que no tiene nada que ver una cosa con la otra. De hecho no hay ningún estudio científico que haya podido demostrar que el peso del cantante mejore la proyección de la voz o que permita controlarla mejor.

La raíz del mito
En la época del Renacimiento (entre los siglos XV y XVI), se creía que para cantar bien era necesario tener una caja torácica grande y por tanto un cuerpo grande también. Pero hay que tener en cuenta, que en aquel momento sólo los hombres tenían permitido actuar y, por lo general, solían pesar más que las mujeres. Es posible que la relación entre cantar bien y gordura provenga de ahí.

La verdadera realidad sobre la gordura de los cantantes de ópera, es que hay tres afirmaciones que hemos creído desde siempre y que no son ciertas:

  1. LA CAJA TORÁCICA: Al tener un cuerpo grande, su caja torácica también lo es. Pero la verdad es que no se ensancha ni encoge al engordar o al adelgazar, sino que el tamaño siempre es el mismo. Sólo sube o baja la cantidad de músculo y grasa corporal
  2. CUERDAS VOCALES GRUESAS: Como tienen más masa corporal, sus cuerdas vocales están en proporción al cuerpo y puede crear más sonidos. Eso tampoco no es cierto, ya que el grosor de las cuerdas vocales depende la genética
  3. TODOS LOS GORDOS CANTAN BIEN: No es una norma. Tan bien cantaba Luciano Pavarotti como lo hace Josep Carreras, que es de constitución delgada. El mejor ejemplo es el caso de Deborah Voigt. Voigi fue rechazada en la ópera Ariadna y Naxos precisamente por pesar 120 kilos, ya que no encajaba en el papel. Después adelgazó y sigue teniendo el mismo talento para la lírica.

Para ser un buen cantante no hay que coger kilos, ya que lo único que vamos a conseguir de esta forma es deteriorar y trastocar nuestro organismo con una aportación de grasa. La única y verdadera forma de llegar a ser un lírico excepcional es practicando la técnica del canto, de la misma forma que cuando se aprende un instrumento.

Fuente: Socialmusik


miércoles, 16 de agosto de 2017

Daja-Tarto, el fakir conquense que comía cemento y se enterraba vivo en las plazas

Libro autobiográfico de Daja-Tarto (1904-1988)
En un momento de la historia en el que parece que la espectacularidad y el efectismo han ganado terreno a la sencillez y la transparencia, los fakires en nuestro país se podrían contar con los dedos de una sola mano. Cada vez es más complicado disfrutar con los números, atención, sin truco, de una profesión que ha ido a la baja en los últimos años pero que guarda en su historia algunos nombres inolvidables. Uno de ellos es, sin lugar a duda, el de Gonzalo Mena Tortajada, que esconde unas apasionantes vivencias tan extravagantes como su propia experiencia vital. Este viaje empieza en Cuenca, concretamente en 1904, cuando nació un hombre que tiene figura de cera en el museo de Madrid aunque pocos lo reconozcan o sean conocedores de sus imperdibles hazañas.

Gonzalo Mena vivió en Cuenca los primeros diez años de su vida en compañía de sus cuatro hermanos. Cuando su padre cambió de trabajo y dejó de ser sastre para convertirse en portero en la Oficina de Seguridad del Estado, la familia se trasladó a Madrid donde el chico, de carácter rebelde, terminó ingresado en un reformatorio. Fueron los primeros coletazos de los que estaba por venir, una carrera de obstáculos a cuál más complicado y esperpéntico. Eso sí, valor no le faltó nunca.

De torero a fakir

Y es que un día decidió que quería ser torero e incluso ideó un nombre artístico, Arenillas de Cuenca, para una carrera que, como veremos, no tuvo ningún futuro. Gonzalo combinaba su trabajo como botones en un hotel o como ayudante de cocina para el ejército español en Melilla con su presencia en diferentes ferias taurinas en busca de una oportunidad profesional que no llegó nunca. Lo que cayó en sus manos fue un libro que terminaría por dar un giro radical a su ya agitada vida. La publicación Misterios de la India le aportó sabiduría bengalí y la aproximación a un oficio que le sedujo desde un primer momento, el de fakir. Solo le faltaba un nombre artístico y lo obtuvo a partir de su apellido Tortajada deletreado al revés. Había nacido Daja-Tarto.

Sus inicios en el sector fueron modestos, aunque ya en los primeros compases cambió la dieta propia de cualquier humano por la de pedruscos, bombillas, cuchillas de afeitar, cuerdas, cristales, etc. El hombre fue convirtiendo sus dientes en una auténtica máquina de triturar, reduciendo a prácticamente nada algunos de los elementos más rocosos de la naturaleza. Con esta habilidad bajo el brazo- o sus dientes- convenció al empresario del circo Prize para que le hiciera un hueco en su programación, algo que logró en 1927, año en el que debutó vestido de maharajá y un turbante multicolor.

Enterrado vivo

Daja-Tarto amplió su selecta lista de manjares que disfrutaba ante su público, y añadió a su particular dieta cerillas encendidas, yeso o cemento. El fabuloso laxante con el que contaba para evacuar todas las sustancias no aptas para el género humano que había engullido no tuvo el esperado efecto con el cemento, cuyos restos convertían su rostro en un semblante gris mustio que desaparecía a duras penas y con sudores que le estuvieron a punto de costar alguna indigestión más que pesada.

La gastronomía no fue la única especialidad de este curioso fakir conquense que fue ganando fama con otros excéntricos ejercicios como sostener sobre su cuerpo pedruscos de 80 kilos tumbado sobre un montó de cristales, subir descalzo por una particular escalera formada por sables o uno de sus números más cotizados: enterrarse bajo la arena de una plaza de toros hasta que terminaba la corrida. Fue la manera que tuvo de reconciliarse con una profesión que, años atrás, como Arenillas de Cuenca, le había dado la espalda. Eso sí, su exigencia a punto estuvo de costarle la vida. Y es que la segunda vez y última que quiso hacer el excéntrico número, los morlacos tardaron más de los previsto en sacar al fakir hasta el punto de que, tal y como él reconoció más tarde, en ese momento tuvo claro que sus días se terminaban asfixiado en esa plaza. Cuando los operarios lo sacaron, estaba más próximo a la figura de cera que ahora tiene en Madrid que a la de un ser humano.

Un cemento poco comestible

Si alguien cree que a consecuencia de este susto Daja-Tarto entró en razón está muy equivocado. Posteriormente, tuvo la idea no muy cuerda de hipnotizar a un toro bravo al que parece que no convencieron sus trucos hindúes y reacción al espectáculo embistiendo al fakir-torero por la mejilla. No fue la única insensatez que tenía en su lista. Con la Guerra Civil el fakir fue reclutado para animar a las tropas y espiar otras propuestas de espectáculo. Allí, se fraguó otro de los números más absurdos del fakirismo cuando se dispuso, como otras veces, a tragar su ración de cemento, aunque en esa ocasión se trataba de un tipo de cemento rápido que, nada más llegar a la saliva, se convirtió en un mazacote sólido que aprisionó la dentadura del hombre. Aquel monolito solo se pudo romper a base de martillo y cincel para que el fakir pudiera volver a mover su boca.

Tras la guerra actuó en el itinerante Circo Imperial y se unió sentimentalmente y profesionalmente a su mujer, Dionisia Gallardo, conocida como ‘la faquira’, con la que tuvo dos hijas que también se presentaron en el mundo artístico como las Tinokas Sisters, y que ejecutaban un curioso número de doma con perros y gatos. El éxito de los espectáculos de la familia fue tal que a Daja-Tarto se le subió el éxito a la cabeza- o a su turbante- y empezó a incrementar su ritmo de vida como si se tratara de un magnate, además de aficionarse al bingo con su mujer, hasta el punto de que perdieron todos los ahorros y empezaron a acumular muchísimas deudas. El fakir se vio obligado a empeñar hasta sus muelas de oro con las que mordía sus cementos preferidos. La desesperación económica le llevó a idear otro número con el que poder recuperar algo de dinero.

400 horas de crucifixión

La idea más brillante que le pasó por la cabeza al conquense fue crucificarse en Coimbra durante 400 horas. El público acudió en masa a presenciar el espectáculo y su mujer recaudó un gran capital, lo que dio alas a Daja-Tarto para jugar con su imaginación. Algo que, como era de esperar teniendo en cuenta su currículum, terminaría en error. Y es que el fakir quiso aprovechar que tenía agujereadas las palmas de las manos para futuras crucifixiones, de manera que mandó construir a un herrero unos clavos especiales que pudieran encajarse mediante una tuerca a una rosca incorporada en dichos orificios. El invento resultó fatídico ya que el metal infectó las extremidades del fakir que terminaron por gangrenarse y a punto estuvo de costarle la amputación.

El sable maldito

Una especie de pócima cocinada con azufre y otros potingues disueltos en agua hirviendo terminaron por salvar sus manos ante el asombro de los doctores que ya le habían condenado a perderlas. El fakir pudo recuperar también sus muelas de oro y proseguir con su carrera que le aguardaba una última sorpresa. Y es que un día que Daja-Tarto se encontraba en un ensayo introduciéndose un estilete por un agujero en la nariz, cuando una persona que pasaba por su lado tropezó con su codo de manera que el ‘juguete’ viajó por los conductos internos lo que le provocó un desprendimiento de retina.

Este último incidente provocó que la insensatez o atrevimiento del fakir bajara de revoluciones hasta el punto de que se vio obligado a dedicar su tiempo en otros menesteres como la participación como secundario en películas no muy reconocidas o en exhibiciones esporádicas en la televisión comiendo bombillas. Daja-Tarto falleció en 1988 formulando como último deseo que su ataúd estuviera forrado de cristales rotos y que su cuerpo fuera envuelto en papel de lija. Dos años después de su fallecimiento salió a la luz el libro ‘Memorias del faquir Daja-Tarto contadas por él mismo’ donde, además de las anécdotas contadas en este artículo aparecen otras peripecias de este singular personaje que hizo de su temeridad la bandera de un oficio que no entiende de trampas ni trucos.

Su último deseo fue que su ataúd estuviera forrado de cristales rotos y su cuerpo envuelto en papel de lija

Fuente: La vanguardia

martes, 15 de agosto de 2017

El origen popular del traje de chulapo

Una pareja madrileña ataviada con este tipo de traje
A finales del siglo XIX y principios del XX recorrían las calles de Madrid diferentes personajes que formaban parte del casticismo de la corte y que, dependiendo del barrio en el que se habían criado y vivían, adoptaban una forma de vestir que acompañaban de un determinado comportamiento social. Aunque su origen data del siglo anterior, es en estos años cuando viven su mayor apogeo las clases más castizas de Madrid con una moda que buscaba diferenciarse de la élite social afrancesada.

Con el paso de los años los términos «chulapo», «chulapa», «chulo» y «chulapona» se han convertido en formas genéricos de aludir al madrileñismo castizo, aunque en origen convivieron en el Madrid de la época con otros identificativos locales, como los de «manolos» y «manolas», «chisperos», «isidros» o «majos» y «majas», que se diferenciaban entre sí por los colores y cortes de sus trajes y en las formas de las patillas y tupés.

Los chulapos y chulapas eran los vecinos del barrio de Malasaña o de Maravillas que se distinguían, según el diccionario de la Real Academia Española, «por cierta afectación y guapeza en el traje y en el modo de conducirse» y tenían un toque de golfería, que en ocasiones rondaba el mundo de la delincuencia. Las chulapas o chulaponas son las típicas planchadoras de las Cavas, modistas, fruteras, floristas, cigarreras, lavanderas, alegres y felices.

Su vestimenta se forja en la época del Madrid capital del Estado en una monarquía parlamentaria, con sus habitantes en calidad de ciudadanos de un Estado liberal, y acabó convirtiéndose en todo un fenómeno sociológico: «el orgullo en el ánimo del pueblo llano de su condición social, elevándola a la categoría de casta popular, diferenciada claramente de las otras clases sociales, y despreciativa de éstas» afirma la Asociación Madrid Eterno. Es esta época especial se construyó la identidad del madrileño actual, que aún perdura hasta nuestros días.

La peculiar indumentaria de este grupo chulesco fue inmortalizada a través de las zarzuelas de los grandes compositores como Bretón, Chueca, Chapí, Moreno Torroba y tantos otros y no al revés como asegura la Asociación Madrid Eterno en su página web, donde afirman que «decir lo contrario es tan ridículo como pensar que los madrileños goyescos copiaron sus trajes de los que Goya se había inventado en sus pinturas, o que los sevillanos copiaron sus trajes de los sainetes de los hermanos Alvarez Quintero».

Las chulapas vestían con blusa blanca ceñida en la cintura con mangas de farol, falda de lunares o vestido de lunares hasta los pies, pañuelo sobre la cabeza (y asomando dos claveles sobre la cabeza) anudado al cuello con el pelo recogido en un moño y mantón de Manila. En tiempos era corriente llevar un delantal vistoso para proteger la falda. El vestido ceñido es una evolución de la falda ancha y acabó siendo tan representativo como éste o más.

Los chulapos lucían chaleco o chaquetilla corta estrechos con clavel en la solapa, pantalones oscuros y ajustados, gorra negra o con pequeños cuadros, botines y pañuelo blanco al cuello.

Hoy en día, los madrileños se visten con este traje típico en las fiestas y verbenas como las de San Isidro,que se celebra el 15 de mayo, las de San Antonio de la Florida (13 de junio) o las verbenas de San Cayetano (7 de agosto), San Lorenzo (10 de agosto) y La Paloma (15 de agosto).

Más allá de la meras prendas de vestir, el casticismo estereotipado del chulapón conlleva el desarrollo de una pose chulesca, algo estirada y que se complementa con un vocabulario particular del que surgieron expresiones populares madrileñas que han sobrevivido a lo largo de la historia.

Aunque hoy en día los términos «manolo» y «chulapo» se utilizan indistamentemente, en su momento eran «grupos» rivales que residían en los barrios cercanos de Lavapiés y Maravillas o Malasaña respectivamente. Este nombre se originó cuando, muchos de los judíos conversos que quedaron en la ciudad tras la expulsión decretada por los Reyes Católicos y que vivían concentrados fundamentalmente en este barrio -la sinagoga estaba en el solar que hoy ocupa la Iglesia de San Lorenzo-, en un alarde por demostrar que eran cristianos nuevos ponían frecuentemente el nombre de Manuel a sus primogénitos, por lo que ante la abundancia de estos en el barrio comenzó a ser conocido por los madrileños como el barrio de los Manolos.

Fuente: ABC